10 jun. 2011

Burmese Days

"Burmese Days", título del libro que George Orwell escribió en los años 30, nos acerca a la atmósfera que se vivía en Burma (Birmania) cuando todavía era una colonia inglesa. Años más tarde el país se independizó y actualmente vive bajo un régimen militar difícil de digerir. Dejando a parte la política y la triste, injusta e inhumana situación de Aung San Suu Kyi, la mujer de la oposición en arresto domiciliario durante 14 de los últimos 20 años y apartada de sus hijos y marido ya fallecido, y dejando a parte también los numerosos cambios de nombre de ciudades, ríos y del mismo país (ahora Myanmar, para olvidar los tiempos coloniales), el país y su gente siguen manteniendo muchas de sus costumbres, artes, vestimentas y tradiciones que durante siglos les han caracterizado.

Una de las curiosidades recientes es el cambio de capital, que durante la historia se ha ido haciendo cada una o dos generaciones siguiendo indicaciones de algún astrólogo iluminado que lo sugiere para mayor prosperidad del país. La ultima fue en el 2007 dejando su lugar Yangon (antes llamado Rangoon) a la desconocida y desertica Nay Pyi Taw.

Más de un 80% de la población es budista y está muy arraigado, aunque no es una obligación, que cualquier varón haga por lo menos dos veces una temporada de vida monástica. La primera entre los 5 y 15 años como iniciación, y la segunda como monje ya ordenado a partir de los veinte. Esta vida monástica implica seguir las enseñanzas de Budha, meditación durante muchas horas del día, abstinencia, y lo más importante o llamativo el ir a pedir comida por las casas y comercios dos veces al día. Una a las 4h de la mañana y otra a las 9h de la mañana. Por todo lo explicado es normal que a lo largo del país te encuentres con innumerables monjes y aprendices en las calles, autobuses y templos, con la cabeza rapada y la típica túnica naranja o morada. También existe una orden para mujeres (dasasila) que visten una túnica similar de color rosa con un trapo naranja y también la cabeza rapada.

De Mandalay

Los birmanos son especialmente simpáticos, siempre dispuestos a regalarte una sonrisa o un entusiástico "hello" cuando te cruzas con ellos. Son auténticos, muchos con rasgos asiáticos y otro tantos con rasgos hindúes. Una gran mayoría de ellos tiene la costumbre, arraigada durante miles de años, de mascar el Paan, una mezcla de hoja de betel, nuez de areca y cal con efectos estimulantes y muy perjudicial para la dentadura. Después de mascarlo durante unos minutos acaban escupiéndolo junto con toda la saliva segregada y de un color rojo intenso directamente al suelo. No es de extrañar, por lo tanto, que tengas que ir esquivando y saltando por las calles los numerosos y abundantes escupitajos color sangre.

De Kyaiktiyo

En cuanto a su vestimenta también es digna de mención. Los hombres usan el "longyi", una falda anudada a la cintura y de color oscuro y culminado con una camisa en la parte superior. Las mujeres también visten faldas largas con diferentes bordados y anudadas a la cintura pero máxima peculiaridad es el maquillaje natural que utilizan, el Thanaka. Se trata de una mezcla de agua y el polvo que se extrae de un tronco al rascarlo sobre una piedra de forma circular. Esta "crema" de color amarillo se esparce por la cara dibujando diferentes formas. A parte de maquillaje sirve también de protector solar.

De Yangon

Y para acabar la comida. Después de haber probado todo tipo de platos y gastronomías diferentes pensábamos que ya nada nos podía sorprender y que a todo estábamos acostumbrados, nada mas lejos de la realidad, ya que no nos hemos podido adaptar a la comida birmana. Las carnes con diferentes tipos de curry, bien, pero las hojas de bambú con no sé que salsa, la pasta de "sour beans" con ajo, su chile molido y un tipo de pepino con una salsa de pescado fermentado ha sido superior a nuestro gusto y olfato. Sin despreciar su omnipresente sopa agria de alguna verdura y con olor a calcetines viejos. Lo que si nos gustó y sorprendió en cuanto a un nuevo sabor descubierto fue el postre. Tres platitos que tenías que mezclar y comértelos a la vez. El primero, unos cacahuetes con sésamo. El segundo jengibre crudo y laminado. El tercero hojas secas de té verde. Todo junto en la boca provocaba una explosión de sabor indescriptible y aromas duraderos en paladar como diría Ferran Adrià.

De Mandalay

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